El vagón estaba helado, siempre había un pelotudo que no cerraba la ventana, y no era un tema de que le gustara el viento, o el frío, o de que me odiara a mi en particular, era vagancia.
Un padre y su hijo juegan en los asientos detrás mío, el niño se ríe muy fuertemente, pero no me molesta, pero estoy molesto, los de los asientos a la derecha que dan hacia mi frente me miran, saben que estoy molesto, que estoy haciendo un berrinche en mi cabeza o que me estoy perdiendo, se ríen un poco, se hacen los que me analizan, no me importa, pero me importa si piensan que estoy así por el niño de atrás.
No soy un viejo. Todavía soy joven. No soy un viejo.
Un cuarteto de estudiantes se sentó en los asientos cuádruples horribles del medio del vagón, no me observan de milagro pero no hay obstáculos entre nosotros, me puden ver.
Respiro profundamente, no quiero estar bien, quiero sufrir un rato, quiero llorar un rato, porque no puedo, porque no vere nunca mas a esta gente. Después quiero estar bien.
-¡Buenas noches, señores pasajeros! ¡Oferta de la noche, dos Choco-H, cuarenta pesos!
“¿Choco-Que? ¿Se refiere a los Hamlet?”
Casi se me escapa la pregunta, capaz escuche mal, capaz es una nueva estrategia de venta, capaz que eran chocolates nuevos.
Igual, cuarenta pesos, terrible, terriblissimo, terrible, aún como pelotudo que vive con sus padres no podía pagar algo así, aún si el vendedor pareciese hacer su mejor esfuerzo.
Pienso en boludeces, me deja dos hamlets sobre el muslo, me doy cuenta tarde, me tocaron, paro de respirar, pienso en muchas cosas, las olvido, las recuerdo, no me gusta que me toquen, no me gusta que me toquen el muslo, no me gusta el contacto no consensuado, ni por accidente, ni por mis parejas, ni por mis amigos y amigas.
Los dos chocolates “Hamlet” estaban sueltos, eran de un color raro, los tomó, eran sabor menta y algo, y detrás tenían pegado un papelito. Una carita feliz dibujada con lapicera negra.
Una idea horrible cruza mi cabeza, levantó la mirada, estoy solo, el niño había dejado de gritar de la risa hace rato, los estudiantes se habían bajado en Ciudad Universitaria seguramente, la pareja esa que me juzgaba, ya no lo hacia, ya no existía en este vagón.
Me levanto y revoleo los chocolates sin pensarlo.
Escucho un grito distorsionado, me están persiguiendo.
El papelito, mi percepción del tiempo, mi respuesta motriz, mi oído, mi vista, mi tacto, todo está mal funcionando. Soy una máquina.
Corró por el vagón, encima es larguísimo, pero solo este es largo, con cada puerta me alejare del vendedor.
Cerrada. La puerta estaba cerrada. Las puertas de los vagones no se cierran.
Siento una presencia detrás, una mano en mi hombro, veo las puertas laterales, para escapar, esta todo borroso, ¿está el tren en extremo movimiento, o solo soy yo quien ve borroso cualquier movimiento?
La mano se pone más firme. Saltó del tren.
“Cuarenta pesos, ¿tan criminal iba a ser?”
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domingo, 1 de septiembre de 2019
sábado, 29 de junio de 2019
Solo, un
-Solo soy un hombre, en una casa, delante de una ventana.
Hablo manteniendo el contacto visual, aún si el... pecado frente a mi no tenia ojos, estaba perfectamente al tanto de que me observaba.
-Solo soy un hombre, en una casa, delante de una ventana.
El negro infinito que me rodeaba podría ser parte del mismo ser, podría ser la parte más oscura del espacio, quizás lo único que me rodeaba era el.
-Solo soy un hombre, en una casa, delante de una ventana
Pero podría no serlo, podría ser la parte más profunda del océano, algo quizás tan terrible como lo profundo del espacio.
-Solo soy un hombre, en una cosa, delante de una ventana.
No me daba miedo morir, en realidad, esperaba morir tanto como uno espera que lo rechacen en una entrevista. “Niegame y acaba con todo”
-Solo soy un hombre, en una cosa, delante de unas ventanas.
La bestia gruño, un gruñido suave, sutil, pero que retumbaba y hacía un eco infinito, progresivamente convirtiéndose en vibraciones que desgarraban mi piel de a poco, en forma de gritos, aullidos.
-Sol soy un hombre, en una cosa, delante de unas cosas.
Una eternidad duró el ruido, indescifrable como cualquier gruñido, pero eventualmente, el eco comenzó a desvanecerse, y una voz, dos voces, todas las voces del universo, empezaron a susurrar en idiomas que no entendía, en dialectos, en prosa, con sarcasmo, con ironía, con
miedo, sin empatía.
-Sol soy una cosa, delante de unas cosas.
Pero yo soy yo, y ellos son ellos, existo y ellos también, por lo menos en la forma de una ilusión o imitación. La bestia abrió todos sus ojos y grité de terror.
-Soy, un, hombre, soy una casa… un hombre, sol… soy un… hombre en… en una casa.
Cada ojo reflejaba una parte de mi, mis logros, mis miedos, mis metas, mis pecados, las versiones que mi cabeza concebía en lo más oscuro de mi mente, esas formas de mi con las que tuve sueños y pesadillas, en las cuales mi accionar era fuera de personaje, era un héroe, un
villano, un asesino, un…
-Soy, ¡Yo! ¡Yo! ¡Y-yo!, yo, yo, yo.
Y era yo, a veces era grande, otras veces pequeños, pero todos los reflejos eran honestos, por más imposibles, por más realistas, por más opuestos que fueren, yo era una amalgama de ellos.
La bestia cerró sus ojos, oscuridad y nada más.
-Yo soy un hombre, dentro de un hombre, al lado de un hombre.
Los susurros continuaron, algunos gritos se sumaron, pero todo me había cansado tanto que apenas lo percibí.
Había un término para lo que estaba viviendo, si es que estaba viviendo.
La mente sobre la materia.
El alma sobre todas las cosas.
La justicia sobre el amor.
-Soy una mujer, un niño, un anciano, soy el insano ser a mi alrededor, soy cada una de estas voces, y también soy un hombre y estoy frente a una ventana.
El cielo estaba completamente negro y el monzón invernal elevaba las hojas y la tierra, un frío seco, pero no sabía si era de noche, si estaba todo bien, si había terminado todo, pero por lo menos sabía que era soy un hombre, en una casa, delante de una ventana.
Hablo manteniendo el contacto visual, aún si el... pecado frente a mi no tenia ojos, estaba perfectamente al tanto de que me observaba.
-Solo soy un hombre, en una casa, delante de una ventana.
El negro infinito que me rodeaba podría ser parte del mismo ser, podría ser la parte más oscura del espacio, quizás lo único que me rodeaba era el.
-Solo soy un hombre, en una casa, delante de una ventana
Pero podría no serlo, podría ser la parte más profunda del océano, algo quizás tan terrible como lo profundo del espacio.
-Solo soy un hombre, en una cosa, delante de una ventana.
No me daba miedo morir, en realidad, esperaba morir tanto como uno espera que lo rechacen en una entrevista. “Niegame y acaba con todo”
-Solo soy un hombre, en una cosa, delante de unas ventanas.
La bestia gruño, un gruñido suave, sutil, pero que retumbaba y hacía un eco infinito, progresivamente convirtiéndose en vibraciones que desgarraban mi piel de a poco, en forma de gritos, aullidos.
-Sol soy un hombre, en una cosa, delante de unas cosas.
Una eternidad duró el ruido, indescifrable como cualquier gruñido, pero eventualmente, el eco comenzó a desvanecerse, y una voz, dos voces, todas las voces del universo, empezaron a susurrar en idiomas que no entendía, en dialectos, en prosa, con sarcasmo, con ironía, con
miedo, sin empatía.
-Sol soy una cosa, delante de unas cosas.
Pero yo soy yo, y ellos son ellos, existo y ellos también, por lo menos en la forma de una ilusión o imitación. La bestia abrió todos sus ojos y grité de terror.
-Soy, un, hombre, soy una casa… un hombre, sol… soy un… hombre en… en una casa.
Cada ojo reflejaba una parte de mi, mis logros, mis miedos, mis metas, mis pecados, las versiones que mi cabeza concebía en lo más oscuro de mi mente, esas formas de mi con las que tuve sueños y pesadillas, en las cuales mi accionar era fuera de personaje, era un héroe, un
villano, un asesino, un…
-Soy, ¡Yo! ¡Yo! ¡Y-yo!, yo, yo, yo.
Y era yo, a veces era grande, otras veces pequeños, pero todos los reflejos eran honestos, por más imposibles, por más realistas, por más opuestos que fueren, yo era una amalgama de ellos.
La bestia cerró sus ojos, oscuridad y nada más.
-Yo soy un hombre, dentro de un hombre, al lado de un hombre.
Los susurros continuaron, algunos gritos se sumaron, pero todo me había cansado tanto que apenas lo percibí.
Había un término para lo que estaba viviendo, si es que estaba viviendo.
La mente sobre la materia.
El alma sobre todas las cosas.
La justicia sobre el amor.
-Soy una mujer, un niño, un anciano, soy el insano ser a mi alrededor, soy cada una de estas voces, y también soy un hombre y estoy frente a una ventana.
El cielo estaba completamente negro y el monzón invernal elevaba las hojas y la tierra, un frío seco, pero no sabía si era de noche, si estaba todo bien, si había terminado todo, pero por lo menos sabía que era soy un hombre, en una casa, delante de una ventana.
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